Benito Loygorri Pimentel
Por David Lavín Bordas

El 30 de agosto de 1910 el Real Aero-Club de España, organización autorizada por la Federación Aeronáutica Internacional para la expedición de Licencias de Piloto de Aeroplano, otorgaba la primera brevet de piloto aviador en nuestro país a Benito Loygorri Pimentel.

La carencia de escuelas y aeroplanos en España en aquel pretérito tiempo, obligó al ingeniero a realizar el aprendizaje en el aeródromo galo de Mourmelon. Loygorri había adquirido al piloto y pionero francés Henri Farman uno de sus biplanos equipado con motor Gnôme de 50HP, y por espacio de dos meses que duró su fabricación, siguió muy interesado los trabajos que los técnicos encargados de su construcción hicieron. Finalizado el aeroplano, se le hizo entrega del mismo el 17 de agosto de 1910. Exultante de felicidad, insistió en realizar un vuelo de prueba en calidad de pasajero ese mismo día, siendo su bautismo aéreo en un «más pesado que el aire». Con ese mismo modelo aprendería a volar en tan solo cuatro sesiones, en dos días, con apenas media docena de vuelos de diez a quince minutos cada uno. El biplano no disponía de doble mando, así que profesor y alumno debían apañárselas para compartir los mandos, consiguiendo su ansiada licencia con menos de dos horas de vuelo.

El verdadero aprendizaje lo realizó por su cuenta y riesgo las tres semanas siguientes en las que volaba prácticamente todos los días, mañana y tarde, la mayoría de las veces acompañado. «Recuerdo que un oficial francés me pidió que le llevase, y aunque no le había visto en mi vida, lo hice gustoso. El hombre, encantado de su ascensión, habló en forma tal a sus compañeros de regimiento, que cuarenta y ocho horas después me anunciaba el deseo de que su coronel tendría que hacer una escapatoria aérea conmigo, a lo cual, naturalmente accedí con sumo gusto, y ocuparon el asiento del aeroplano casi todos los jefes y oficiales del regimiento. Baste decir que acabaron por llamarme “l’aviateur du 94 éme”, que tal era el número del regimiento». El 9 de septiembre alcanzó la considerable altura de 500 metros, todo un hito para el novel aviador, llevando como pasajero al comandante del Estado Mayor Mexicano Nicolás E. Martínez, que había sido enviado por su gobierno a Francia para aprender aviación.

Para hacernos una idea de cómo la aviación europea avanzaba en sus comienzos, en esa fecha en la que se inauguró la lista de pilotos del Real Aero-Club de España, el número de aviadores del Aero-Club de Francia se elevaba a 227, había 18 en el Reino Unido, y Alemania contaba con 21 pilotos titulados.

 

¿POR QUÉ CONVERTIRSE EN PILOTO?

Benito Loygorri nació circunstancialmente en Biarritz (Francia) el 4 de septiembre de 1885. Su progenitor era de origen vizcaíno pero tenía su residencia en Valladolid por haberse casado con Carmen Pimentel, joven perteneciente a una familia de abolengo pinciano.

El desgarbado y risueño mozalbete enseguida se interesó por la mecánica, el automovilismo y por supuesto por las cuestiones aeronáuticas: «Oí hablar de aviones; me entusiasmaban los vuelos de los Wright, Ferber, Blériot y los hermanos Farman». Finalizados sus estudios de ingeniería industrial en la Escuela de Glous, localidad belga cercana a Lieja, abrió junto a Ricardo Damborenea un establecimiento de automóviles en la madrileña calle de Alcalá, donde representaban a las casas Charron, Mercedes y Rolland-Pilain, a comienzos de 1910.

Pero para Benito Loygorri no era suficiente, quería volar en uno de los nuevos y revolucionarios aeroplanos que ya había visto en Francia. Con Esteban de Salamanca y otros expertos aeronautas españoles había atravesado el cielo madrileño en alguna ocasión a bordo de alguno de los aerostatos con los que el malogrado Jesús Fernández Duro había fundado el Real Aero-Club de España en 1905. Y es que desde marzo de 1910, en que vio alzar el vuelo por primera vez al piloto francés Mamet en la Ciudad Lineal, quedó fascinado: «Me atrajo que aquel artefacto, tan solemne, fruto del esfuerzo de tantas personas, se pudiese sostener en el aire».

Como ya hemos visto, Loygorri marchó a Francia para obtener su licencia de vuelo, e intuyendo un atractivo nicho de mercado, negoció junto a su socio Ricardo Damborenea la representación de la marca Farman en nuestro país.

 

PRIMEROS VUELOS EN ESPAÑA

Antes de finalizar el mes de septiembre de 1910, el biplano del aviador era embalado y enviado por tren a la península, donde el atrevido piloto se inscribiría en el meeting de aviación que se estaba organizando en San Sebastián. Loygorri, que participó junto a los franceses Maurice Tabuteau y Léon Morane, se estrenaría el 29 de ese mes realizando un vistoso vuelo de 17 minutos rodeando la isla de Santa Clara. Al tomar tierra planeando en la playa, y ante el asombro y la fascinación de las miles de personas allí congregadas, el aviador bajó de la aeronave para saludar a su madre que se encontraba en las tribunas. Se dirigió después al palco donde la reina Victoria Eugenia le felicitó efusivamente preguntándole: «¿Tu madre te deja volar?».

La capacidad del Farman de transportar un pasajero permitió al español realizar varios vuelos acompañado, llevando entre otros a su hermano José. El primero de octubre amaneció nublado y tormentoso, pero a las 12:15 de la mañana el Farman de Loygorri se elevó portando a María Minondo dando un par de vueltas a la bahía. Era la primera vez que una mujer volaba en nuestro país, y el aterrizaje fue un poco accidentado. Una parada de motor a escasos metros del suelo hizo al piloto tomar tan cerca del agua que la hélice se rompió. No hubo que lamentar daños personales, pero piloto y pasajera se dieron un pequeño remojón al bajar del biplano.

La brillante actuación del español, que consiguió ganar el premio de permanencia en el aire, fue correspondida con una copa adquirida por suscripción popular, con la particularidad de que nadie podía aportar más de 25 céntimos. Meses después le fue otorgada la Cruz de Isabel la Católica por el rey Alfonso XIII.

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TÍTULO: «Benito Loygorri Pimentel».
AUTOR: David Lavín Bordas.
FUENTE: Texto extraído del artículo publicado en la revista La Conquista del Aire Nº 1 (2023). Puedes adquirirla en loscantabros.es